El chivo expiatorio

El chivo expiatorio

 

El problema viene cuando se es incapaz de hacer autocrítica.

Entonces hay que encontrar una razón que justifique el status quo imperante, el malestar, lo que ya no es justificable.

Y con esa razón se busca además un chivo expiatorio en quien poner todo lo malo, en quien proyectar todo aquéllo propio que no gusta y que no se es capaz de aceptar.

Una vez encontrado el chivo espiatorio adecuado no hay más que arremeter contra él una y otra vez utilizando todos los subterfugios y razones posibles, incluso aquellos que no son correctos ni coherentes.

El no poder verse hacia adentro, el no poder asumir los propios errores nos convierte en personas emocionalmente ciegas y sordas a todo aquéllo que no sea nuestro objetivo: limpiar nuestras incoherencias y volver a una sintonía aunque sea ficticia.

El término “chivo expiatorio” viene de una antigua tradición judía en la que el sumo sacerdote imbuía al carnero sagrado de todo el pecado y el mal del pueblo. Luego lo lanzaban al desierto, para que allí muriera de hambre y sed o comido por algún predador. Con ello el pueblo quedaba libre de pecado y culpa y podía festejar.

 

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