Preludio (1ª parte).

 

Es curioso estar muerto. Pasas desapercibido totalmente.

El que había sido mi cuerpo está ahí tirado entre los árboles, relativamente cerca del parque infantil y la zona de paseo. Sin embargo, nadie lo ha visto durante días. Supongo que si me hubieran asesinado en la zona norte donde está el campo para perros, habría sido más fácil, porque seguro que algún chucho se habría escapado encontrándolo. Pero en la zona de niños no, porque ya no juegan a subirse a los árboles y a perderse por el bosque. Ahora están todos dentro de la zona vallada, vigilados siempre por sus padres o por sus cuidadoras. Dentro tienen arena, toboganes, columpios… Cuando se cansan, las madres los cogen de la mano y los llevan a casa sin desviarse. Es por la desgracia que ocurrió hace cinco años. Varios niños desaparecieron y nunca más se supo de ellos. El pueblo nunca volvió a ser el mismo.

Yo no puedo alejarme mucho de mi cadáver. Fijándome un poco en dónde está, es normal que nadie lo vea. Está caído en una especie de hoyo, entre raíces. Sólo sobresale un pie, cuyo zapato, visto desde el camino, parecerá una piedra. O eso pienso. No tengo mucha coherencia mental ahora mismo. Me dijeron que sería así durante un tiempo, hasta que se completara el Cambio.

Me aburro un poco aquí solo. Aunque no tengo mucha conciencia del tiempo, sí distingo el día y la noche. Bueno, no los distingo, porque yo no percibo la luz y los colores como los vivos. Pero sé que es de día porque hay más claridad y porque empiezan a aparecer personas haciendo footing. Luego, los deportistas van dando paso a los abuelos y a las madres con niños muy pequeños. Después hay unas horas en las que el parque queda tranquilo salvo por algunas personas que van y vienen por el camino, acortando para llegar a casa o al trabajo. Hasta la hora de la salida del colegio. Entonces, el parque se llena de bullicio, de risas, las voces altas de los niños llenos de vida… Es curioso, nunca me había parado a pensar en cómo la voz, con el tono, la intensidad, el color (sí, las voces también tienen color) pueden transmitir tanta vida. Supongo que cuando estás vivo pasas por alto un montón de cosas porque como las tienes, no les das importancia. Descubro que no necesito comer, dormir, orinar… y eso no me importa, porque siempre me parecieron verdaderas pérdidas de tiempo. Sin embargo, echo terriblemente de menos esa explosión de vida que sucede cuando los niños se juntan y empiezan a inventar historias, juegan, corren, trepan, saltan, suben, bajan… Antes he dicho que no percibo los colores como las personas vivas. Sin embargo, puedo captarlos en situaciones que vosotros no podéis ver. Y este momento, es una de las estampas más bellas que he visto jamás, por el estallido de luz y color que se produce.

Por la tarde, las madres se van llevando a los niños. La mujer del pelo rojo pasea a su Yorkshire bien sujeto por el collar, pues está prohibido llevarlo suelto. Más personas que regresan a casa o que dan un paseo. Y llega la noche. Yo no percibo la oscuridad, pero sí un matiz más oscuro. Perdón por la redundancia y la contradicción de mis palabras, pero no tengo otra manera de decirlo. Es como si por la noche, la vida se echase un manto gris que lo cubre todo. Como si la oscuridad que escapa a la luz de las farolas del camino pudiera ser solidificada, como una presencia física o una especie de “nata oscura” que le sale a la realidad. Bueno, no sé explicarme bien. Supongo que estoy confuso. Mi manera de percibir el mundo y de vivir en él han cambiado y sin embargo yo sigo teniendo el mismo vocabulario y la misma manera de expresarme. A veces es muy frustrante.

 

Extracto de la novela “El misterio de la fuente de 8 caños”, de próxima publicación.

Mónica Álvarez Álvarez

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